Steve Jobs, Bill Gates, Elon Musk, Linus Torvalds, Alan Turing… Todos hemos oído estos nombres de hombres famosos que han influido o creado tecnología así que es lógico que pensemos que no ha habido mujeres que hayan aportado nada. Como si no hubiesen existido. Es fácil pensar que las mujeres no han tenido interés en la tecnología, pero nada más lejos de la realidad, lo que pasa es que sus trabajos han quedado ocultos por diversos motivos, como veremos más adelante. A veces porque estaba bajo secreto militar, otras porque las empresas de la época consideraban que quedaba feo decir que detrás de determinado proyecto había un nombre femenino.
Para empezar vamos a remontarnos al siglo XIX, concretamente al año 1815, cuando nace Ada Lovelace, hija del poeta Lord Byron y de Anne Isabella Milbanke, que tenía una sólida formación en matemáticas. Esta fue la que se aseguró que su hija tuviese una educación basada en ciencias, algo poco común para las mujeres de su tiempo. Debido a esta formación, comenzó a trabajar con el inventor Charles Babbage, inventor de la máquina analítica, que ya tenía algunas de las características de un ordenador moderno como una unidad de control, memoria y capacidad de trabajar con programas con bucles y condicionales. Ada entendió inmediatamente el potencial de esta máquina más allá de los cálculos numéricos y escribió un conjunto de extensas notas sobre cómo programarla para realizar tareas complejas, por lo que se le considera la primera programadora de la historia. Anticipó que las máquinas podían ir más allá de los números y en el futuro se podrían usar para crear música o arte, una idea muy revolucionaria para la época.
Ahora damos un salto hasta 1943, año en el que comienza a construirse el primer ordenador electrónico, el ENIAC. Esta fue la máquina más rápida haciendo cálculos matemáticos complejos que se había construido nunca. Los nombres de los ingenieros que la construyeron se hicieron famosos y en las fotos solo los encontramos a ellos, pero detrás de la programación encontramos nada menos que a seis mujeres. Kay McNulty, Betty Jennings, Betty Snyder, Marlyn Wescoff, Fran Bilas y Ruth Lichtermann. Sus nombres no fueron publicados en la época ni aparecen en la documentación oficial y no fue hasta los años 80 cuando historiadores y activistas comenzaron a darles el reconocimiento que merecen. La razón para esta invisibilidad es que el trabajo de programación se consideraba puramente secundario y administrativo, algo sin importancia comparado con la construcción física de la máquina, así que nunca fueron invitadas a presentaciones, ruedas de prensa ni fotografías. Además, se entendía que mostrar a mujeres en un ámbito tecnológico como este podría restar importancia al mismo.
Otro grupo de mujeres que quedó completamente oculto durante décadas fue el que se formó en Bletchley Park. Esta mansión, situada en el centro de inglaterra, se convirtió en el centro neurálgico del criptoanálisis durante la II Guerra Mundial. Allí se reunió a un grupo de matemáticos, lingüistas y cualquier experto que pudiese aportar algo a la rotura de códigos del enemigo. El gran reto al que se enfrentaron fue descifrar los códigos generados por la máquina Enigma que usaban los alemanes. Para ello, Alan Turing desarrolló la máquina Bombe, que era capaz de desencriptar estos mensajes. Todo esto es bastante conocido, lo que no es tanto es que el 75% del equipo de Bletchley eran mujeres que trabajaban en todos los campos. Así, la máquina Bombe estaba operada por un equipo casi íntegramente femenino que se ocupaba de pasar los mensajes encriptados y de leer los resultados. Si hay que destacar algún nombre, quizá el de Joan Clarke sea el más indicado. Trabajó junto a Turing en la construcción de la máquina, diseñando métodos para acelerar el proceso de descifrado y si el tiempo es vital, durante una guerra lo es aún más. Esta tarea fue muy importante, ya que acortó el conflicto al poder adelantar los movimientos del ejército alemán. Cuando terminó la guerra, la gran mayoría de estas mujeres volvieron a sus casas y continuaron con sus tareas de amas de casa, pasando al anonimato debido al carácter secreto de sus operaciones. Han tenido que pasar décadas para que podamos encontrar algunos de sus nombres.
En otras ocasiones, las mujeres que han estado detrás de grandes proyectos, como el Apollo, han quedado en la sombra, a veces por dejadez, a veces por que su trabajo no se entiende o es difícil de explicar al público y a veces… porque son mujeres. Este es el caso de Margaret Hamilton, cuyo nombre fue eclipsado por los astronautas que pisaron la luna, pero esta hazaña hubiese sido imposible sin los cálculos de Hamilton, ingeniera de software del proyecto que desarrolló el sistema de navegación para la misión Apollo XI. De hecho, fue ella la que acuñó el término “ingeniería de software”. Junto a ella encontramos a Annie Easley, que desarrolló el software para cohetes, alguno tan importante como el Centaur, que sigue usándose hoy en día.
Otra ingeniera de software (aunque no sabía que lo era porque el término aún no se había inventado) que quedó ocultada durante décadas fue Grace Hopper. Pionera en la programación de computadoras, participó en el proyecto Harvard Mark I, contemporáneo y competidor del proyecto ENIAC y en el que también estaba involucrado IBM. Hopper fue fundamental en el desarrollo del lenguaje de programación COBOL y desarrolló el primer compilador para este lenguaje. Este se convirtió en el lenguaje estándar en la programación de sistemas bancarios. Para que los que no lo hayáis oído nunca y os hagáis una idea de la importancia de este desarrollo, recuerdo que un profesor que lo resumía así: si el dinero mueve el mundo, COBOL mueve el dinero. Volviendo a Grace Hopper, lo cierto es que si su nombre estuvo en la sombra, hoy goza de gran reconocimiento. Tanto es así que la armada de Estados Unidos ha bautizado un barco en su honor, el USS Hopper.
Termino con un caso que ya es bastante conocido, y es el de la actriz Heidy Lamarr. Conocida por películas como “Sansón y Dalila”, su mayor contribución a la humanidad fue el invento del salto de frecuencia, que desarrolló junto al compositor George Antheil. La idea de Lamarr estaba puesta en los torpedos guiados por radio. Estos eran fácilmente detectables y se podían desviar si el atacado encontraba la frecuencia en la que actuaba el torpedo, así que Lamarr pensó que si la frecuencia cambiaba rápidamente, el torpedo no sería detectado. El problema estaba en que tanto transmisor como receptor debían de estar sincronizados en este cambio. Aunque el invento tenía un gran potencial, no fue utilizado ampliamente quizá porque no se acababa de entender enteramente su uso o quizá porque el invento realizado por una actriz famosa de Hollywood y un músico no es algo en lo que confiar. Sin embargo, la idea de Lamarr continuó en desarrollo y hoy en día se utiliza en cosas tan importantes como las conexiones Wi-Fi.
Como vemos, si el tecnificado mundo de hoy en día se mueve es porque detrás no ha habido solo hombres, sino que mujeres han aportado su trabajo, su esfuerzo y su conocimiento, solo que no siempre han tenido el reconocimiento que merecen o, al menos, este ha llegado tarde en muchas ocasiones. He dejado a algunas en el tintero, como Radia Perlman, ingeniera de comunicaciones y conocida como la “madre de internet” por el desarrollo de spanning tree, o a las mujeres de la NASA que rompieron barreras de género como a Katherine Johnson, Dorothy Vaughan o Mary Jackson. Estoy seguro de que hay más, muchas más. De algunas acabaremos conociendo su nombre pero otras pasarán al anonimato simplemente por ser mujeres y dedicarse a algo que, en su momento, se consideraba un trabajo de hombres pero, como hemos visto, la tecnología no tiene género.

Deja una respuesta